sábado, 21 de julio de 2018

Luisa Pérez, la Matrona


Por María de los Ángeles Barrera

Nombre. María Luisa Pérez Arenas
Fecha de nacimiento / fallecimiento. 1904 /1960
Padres. Francisco y Ana.
Hijos. Dos, Dolores y Francisco.
Marido. Antonio Ginés Camargo.
Lugar de nacimiento. Villamartín
Profesión. Primera matrona con titulación de la localidad y posiblemente la primera mujer diplomada de Villamartín.
Domicilio que tuvo en Villamartín. Calle Rosario, 10

Hace 56 años me trajo al mundo, como a cientos de villamartinenses, la matrona del pueblo, Luisa Pérez Arenas, la primera matrona de Villamartín con titulación, y una profesión ejercida con vocación pero con muchos obstáculos; los mismos a los que quizá nos seguimos enfrentando las mujeres de hoy, pero que Luisa la matrona tuvo la fuerza de enfrentarse ella sola. Pero su ejemplo cundió. Ahora me toca a mí reconocer el valor de esta mujer en quien nos seguimos reconociendo tantas mujeres y que se adelantó casi un siglo a su tiempo. Por eso quiero dedicarle a ella especialmente el honor de iniciar la serie de «La Sierra es/en femenino». Y es su propia nieta quien le hace el homenaje tan oportuno en 1998. (María de los Ángeles Barrera).

Artículo dedicado por Paqui Gallardo Ginés a su abuela en el Libro de Feria de 1998.
«A mi abuela Luisa Pérez Arenas, matrona de Villamartín desde 1927 hasta 1960, desde que terminó su carrera hasta que se murió».

Homenaje a una villamartinense que se adelantó a su tiempo
Oí decir muchas veces a mi madre que la suya era matrona. Esta palabra no tenía para mí otro significado que ayudar a traer niños al mundo. Tuvieron que pasar muchos años para que yo me percatara de lo que significaba realmente: muchas horas fuera de casa, quizás noches enteras de parto, en un pueblo sin medios y sin posibilidad de sustituciones. ¿Cómo llegó mi abuela a ser matrona con titulación en una familia humilde en la que lo más probable es que ni sus padres sabrían leer ni escribir.

Nos situamos a principios de siglo; una niña huérfana de padre y madre. Vivía con su hermana Ana Pérez en la calle Carretero. Poco más de dos habitaciones y un corral. Ella ayuda en la casa. Su hermana tiene muchos hijos. Su cuñado es aguaó. Su hermana va a tener otro hijo; el parto se presenta difícil, se llama al médico y éste cuando nace el niño pregunta de dónde ha salido esta joven tan hábil para los partos.
—¿Por qué no estudia para matrona? —Comenta el médico—.
—Pero no sabe ni leer ni escribir ¡Qué locura! —Dice su hermana—.

El médico le gestiona unas ayudas para que pueda estudiar en Cádiz; en el hospital de Mora estudia como alumna interna pagando su estancia con trabajos en el hospital y vuelve ya con el título bajo el brazo expedido por el rey Alfonso XIII. Dispuesta a ejercer en su Villamartín y ayudar a los demás. ¡Y cómo lo haría! Mi madre recuerda que siendo ella pequeña (y no tan pequeña, en los años 40 y 50, años de escasez en toda España) llamaban a su puerta.
—Que dice su madre que me dé usted las sábanas que están en la cama tal y el puchero.
—¡Madre mía! ¿Y qué comemos hoy?
La respuesta, cuando mi abuela llegaba, no podía ser otra:
—Ya habrá algo en la despensa, hija. Ellos lo necesitaban.
¡Cómo conocería, una a una, las casas de su pueblo, sus familias y sus necesidades! ¡Cuántos vecinos de Villamartín lo primero que han visto, al nacer, ha sido la cara de mi abuela!

Pasaban los años, no había veranos ni inviernos, siempre dispuesta a ir a la calle, muchas veces poniendo en peligro su vida. Es la guerra, nuestra Guerra Civil que ahora estudiamos en los libros. Toque de queda. No se puede salir a la calle de noche. «¡Dios mío! ¿Qué hago? ¿Dejo a esa pobre mujer con los dolores de parto?» En la calle se oyen disparos, pero ella sale. En la Plaza, los disparos se intensifican. Se asusta y sale corriendo. Alguien grita:
—¡No disparéis! Es Luisa, la matrona.
Aquella noche nació en Villamartín un hermoso niño.

A veces debía dejar a sus hijos al cuidado de otras personas. Tuvo dos: Dolores y Francisco.

Supongo que en una sociedad en la que todas las mujeres estaban siempre en sus casas, atendiendo a su marido y a sus hijos, la vida de mi abuela no debía ser fácil. La casa siempre en manos extrañas. Las empleadas de hogar se sucedían unas a otras y las vecinas ayudaban cuanto podían. También la familia echaba una mano. Y mi abuela tenía que salir a la calle a cualquier hora del día o de la noche y no se sabía para cuánto tiempo; podían ser horas e incluso días. ¡Demasiados problemas!

—Las mujeres no deben estudiar. Deben quedarse en casa para atender a su marido y a sus hijos. —Se decía a si misma—.

Tal era su convicción (¡cuántos palos recibidos!) que Dolorcitas no estudió una carrera. Ni trabajó fuera de casa. Ella temía que su hija sufriera las presiones de una sociedad en que lo normal era que una mujer «se dedicara a las tareas propias de su sexo», y no poner al marido a cuidar la casa y los hijos (aunque el marido no tuviera trabajo). Solo estudiaban las mujeres de la capital y a ella le estaba costando sangre y lágrimas el haberlo hecho. Pero había dejado en su hija la semilla que la haría desear con todas sus fuerzas el que sus hijos e hijas (TODOS) estudiasen, a veces teniendo que hacer frente a fuertes presiones sociales y familiares.

Recuerdo a mi abuela sentada en el cierro de la ventana, sonriendo, cuando nos veía a mis hermanos y a mí, cogidos de la mano, atravesar El Tacón para ir a visitarla.
 -¡Ay, mi Joselito María! ¡Mi Mª Luisa y mi Paquita! ¡Cómo me gustaría poder abrazaros siempre!
Y a mí también, abuela, para poder resarcirte en lo posible de tu pena.

Cierto verano planeó ir de viaje a Lanjarón. El balneario de moda de la época. Venía muy contenta. Ella no sabía que tenía derecho a unos días de vacaciones, cuando se enteró nunca más dejaría de hacer «un viajecito en verano». Al año siguiente, tenía yo cuatro años, ella murió de un tumor en la matriz, a los tres meses del diagnóstico de la enfermedad. Tenía 56 años. Corría 1960.


Por todo esto, hoy quiero homenajear a mi abuela, por ser fuerte, por no abandonar jamás, por abrirnos el camino a las generaciones siguientes, porque su lucha no fue en vano, porque han sido mujeres como ella las que han hecho posible una sociedad más justa y más igualitaria para todas las mujeres. Ellas nos han dado la suficiente amplitud de miras para comprender, para no criticar e ironizar cuando un padre hace la compra o ayuda en casa aunque su mujer «no esté mala».

Aunque la toma de dichos se mantiene como acto protocolario en las bodas católicas, en la época en que lo celebran Luisa y Antonio (1930) tenía una gran importancia como acto social. Solía celebrarse poco antes de la boda, por la noche y en la casa de la novia, con la asistencia de la familia, los amigos y, por supuesto, del párroco. La invitación que mostramos apunta a un acontecimiento o evento social importante y estipulado, excepcionalmente personalizada por los mismos novios cuando lo normal es que la encabezaran los padres. En este hecho pudo influir la orfandad de Luisa y su carácter decidido.



Bibliografía usada:
Libro de Feria de 1998. Artículo, «Homenaje a una villamartinense que se adelantó a su tiempo».

© del texto: María de los Ángeles Barrera Naranjo / Paqui Gallardo Ginés.
© de las imágenes: Cedidas por la familia de Luisa Pérez.
© de la publicación «Villamartín.Cádiz Blog de PedroSánchez».

1 comentario:

  1. Me emociona conocer la historia de Luisa la Matrona; mujer de la que le he oído hablar mucho a mi madre; por su profesionalidad, valentía, humanidad, capacidad de decisión y por las veces que fue necesaria su intervención en sus numerosos partos. Me consta que fue la "primera cara que vi", un 16 de enero de 1949 a las 19 horas de un frio Domingo de invierno. Hoy, a mis 74 años me sumo agradecido al merecido homenaje que le dedica su nieta.

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