Por María de los Ángeles Barrera Naranjo
Para conmemorar el 8M de cada año
siempre me llegan historias de mujeres de nuestro pueblo anónimas, sencillas,
humildes; mujeres que no han sido pioneras de nada ni han descubierto nada,
tampoco campeonas de nada, algunas no han ido ni a la escuela; sus nombres
nunca saldrán en los libros y casi no han salido del pueblo. Lo suyo ha sido
trabajar y trabajar; han venido al mundo para recibir golpes de todo tipo; desde
muy niñas han sabido que nadie les iba a regalar nada y que debían ganarse la
comida de cada día, la suya y la de sus hijos más tarde. Ese es sin duda su logro
y razón de que sus nombres sean escritos en papeles, que se las visibilice. Todas
son mujeres fuertes, de vida dura, luchadoras y dignas.
Este 8 de marzo de 2026 quiero reconocer a una de esas mujeres humildes y luchadoras cuya vida no ha sido fácil. Sin duda, es referente de la mujer rural de nuestro pueblo, una mujer con fuerza y coraje que ha trabajado la tierra de la que ella y su familia de nueve hijos han subsistido, con productos de la huerta y del paletonal familiar que ofrecía y vendía por las calles de nuestro pueblo; es un ejemplo de resiliencia en el día a día, su modo de vida ha hecho historia en Villamartín porque con ella se extingue no solo este modo de vida trabajando la tierra, sino también una forma de vida, de subsistencia. Este año quiero reconocer a María Rodríguez Jiménez. Es conocida como María la Cepera por su padre y también la mujer del Mocho o María la Mocha por su marido.
Menuda, pequeña, achicada por la edad,
que asoma en los pliegues curtidos de su rostro, de ceño algo adusto, pero
digna y majestuosa en su sillón, María es de esas mujeres desgastadas y
atravesadas por las necesidades desde que naciera en el crítico y hambruno
año de 1942, en la calle Sol de El Coto. Nunca se ha quejado porque ha tenido
asumida la humildad de su familia jornalera que ha subsistido con los higos
chumbos del paletonal que compró su abuelo y posteriormente la huerta
familiar de los Mochos. No fue a la escuela, tampoco sus hermanos
fueron, había que aportar para comer cada día un plato caliente. De su corta
infancia sin juguetes solo recuerda jugar a la cruceta en la Plaza. No, nunca
se ha quejado, todo lo contrario; ahora vive feliz, tranquila y agradecida de
una vida luchada con las estrecheces de un pasado duro para los desfavorecidos,
pero bendecida por los nueve hijos que ha tenido con su marido Fernando Ramos,
un hombre de los de antes, del que toma el apodo.
Hija de Juan y Josefa, es la mayor de
tres hermanos, dos mujeres y un varón; pronto supo que no fue deseada ni
querida por su padre, entretenido entonces en una doble vida, que su hija no
juzga, pero que debió de herirla, o no. De ella se encargó la madre de este, su
abuela paterna Isabel Armario Gilabert, otra de esas mujeres también castigadas
por una vida llena de infortunios y estrecheces que tuvo que repartir con sus
trece hijos —se le murió una niña y otro hijo varón se mató—, pero arropada
siempre por la dignidad de los pobres, la que heredaría su nieta y esta
transmitiría a sus hijos: la abuela la acogió y la crio como a otra hija más, hasta
que la buena mujer murió cuando María tenía trece años. Con esa edad, ya de muy
niña, supo que su vida tenía que lucharla para comer todos los días. Es entonces
cuando se va a vivir con su madre a la que debe ayudar en el trabajo en un bar,
el bar de Eugenio, ya desaparecido, yendo para Ronda. Es donde conoció a su
novio Fernando Ramos el Mocho. Su noviazgo fue paseos en la plaza y
algún sábado al cine. No recuerda la fecha de su boda, solo que fue en la iglesia
las Angustias y los dos de oscuro. Su hija Pepi me traslada que se casó en
1971.
Familia Ramos Rodríguez
Desde entonces, desde mucho antes, la
vida de María ha sido escardar, entresacar algodón, coger garbanzos o aceituna
o higos chumbos que vendía en Villamartín hasta que descubrió que en Puerto
Serrano escapaba mejor. También lavar en el lavadero de la Fuentezuela con
jabón verde que fabricaba su abuela. Y parir casi cada año los primeros hijos,
y cuidarlos, hasta nueve: Juan, Pepi, Fernando, Cristóbal, Francisco, Isabel,
Antonia, M.ª Dolores y Montañas, todos buenas personas, nobles y muy
trabajadores como sus padres. Los dolores de parto de su segunda hija, que
nació con un diente como presagio del rol esencial que desempeñará en su
familia, le llegan cogiendo aceitunas; apenas lo notaron en su cuadrilla pues
en muy pocos días otra vez al tajo. En breve otro embarazo y otro parto. Y otro
embarazo y otro parto...Y trabajar y trabajar. Toda su vida ha sido trabajar en
el campo, sembrar, cuidar la huerta, recoger el verde y venderlo cada día, lo
que debía compaginar con las tareas de la casa y el cuidado de su prole. En el
campo, en la huerta, en la calle vendiendo.
Cristóbal Ramos con su padre Fernando
Cuando cumple catorce años su hija Pepi,
que será desde muy niña su mano derecha, quien la salva y quien la cuida ahora,
—otra niña madre a muy corta edad, debe hacerse cargo de la casa y del cuidado
de sus hermanos—. A pesar de las estrecheces, Pepi y sus hermanas recuerdan una
infancia sin lujo alguno, pero como una etapa feliz de su familia; desde
entonces veremos cada día a su madre, acompañada de su hijo Cristóbal
con un carro. Todos recordamos la imagen de ese carro tirado por un chaval, su
hijo, calle San Juan de Dios arriba, y a María ofreciendo diariamente su
mercancía verde, arrancada de la tierra del huerto familiar horas antes:
lechugas, acelgas, zanahorias, rábanos, cebollas... Era una estampa que todos
los vecinos del pueblo tenemos congelada en la memoria, todos los días de la
semana excepto el domingo, hasta que se vendía todo.
Fernando Ramos y María Rodríguez
De eso hace algún tiempo. Ya María no
sale de su casa, solo salió para ir al campo o vender higos chumbos en Puerto
Serrano. Reposa digna y majestuosa en su sillón que solo ahora conoce su peso. Su
nombre merece ser escrito en los papeles por una vida de mucho trabajo
silencioso, literalmente de sol a sol. María, sin saberlo ni pretenderlo, es una
mujer referente de Villamartín, silenciada e invisibilizada que, como muchas
mujeres, ha hecho historia de nuestro pueblo. Y ha legado a sus hijos el más
preciado valor del ser humano, la dignidad.





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